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La belleza se manifiesta a los seres humanos. ¿A todos? Sí, a todos. De acuerdo a los libros, las civilizaciones más avanzadas tienden a presentar manifestaciones artísticas más sofisticadas... Sin embargo, yo, joven tapatío de comienzos del siglo XXI, aún sé que por ahí existió algo llamado poesía social y debo aclarar que en ninguna clase de la facultad se ha establecido claramente por qué sí o por qué no esa poesía puede llegar a ser un panfleto. En los países subdesarrollados o en vías de desarrollo es donde mejor y más abundantemente se cultiva la poesía de protesta, la poesía de intención social o revolucionaria. Allí donde el pueblo está arrojado; allí donde el pueblo sufre hambres, miseria e injusticia, surge la voz del poeta y se levanta con la fuerza de un huracán con sus cantos y sus versos. Lo anterior lo señaló Otto-Raúl González durante la presentación de los libros Memorias del viento y Carbonero del silencio (Editorial Constante, colección Mallcu, 1997), del sociólogo y poeta colombiano Jorge Calvimontes y Calvimontes. Y es que hay lugares, ocultos al Arte, donde la belleza no se ha manifestado en su sofisticada forma. Muchos, muchos lugares. Y cuando es necesario, la labor del poeta (no el que escribe, sino el que anda por las calles, el que usa el transporte urbano -si es que lo usa-, el que no habla, el que olvida), ese, debe ser la del buen samaritano y olvidarse -o recordar- de que en él está también (en partes, en fragmentos, en segmentos, en pausa, en prosa, en silencios, en colores, sentado, incado, regresando), dios (en cualquiera de sus formas y nombres o ausencias).
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