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7:56 p.m. - 2009-08-29
El testigo
Estoy leyendo El testigo una novela del mexicano Juan Villoro. Ahora estoy exactamente a la mitad del libro y me causa un grato pero extraño placer leer esta historia. Se pensaría que es una novela histórica sino fuera por la inmesa catidad de ironía que gotea en cada capítulo. Aquí un poco más de Villoro:

Un testigo es alguien o algo que contempla un acontecimiento. Bajo esta premisa, Villoro merodea por la historia reciente en México, desde el principio del siglo XX hasta el movimiento zapatista en Chiapas. Además, la figura del poeta Ramón López Velarde posee una función muy importante en la obra. Es el agente por el cuál muchas pericipecias ocurren en la novela.

Aparte de los trillados poemas que aprendemos en la primera de López Velarde y el hecho de ser considerado el poeta nacional, mi interés por este poeta nunca había sido serio. Ahora descubro que Velarde leía a Lugones, a Tablada, a Baudelaire, entre otros. Creo que iniciaré una temporada de lectura velardiana más allá de la Suave Patria.

Y ahora la parte filosófica del post. La teleología es el término que utilizaban los filósofos para determinar la finalidad o propósito de algo, el fin de una cosa. Después de Darwin, este concepto fue criticado, ya que los algunos científicos argumentaron que la única forma de causalidad es la influencia física entre las cosas que forman parte del mundo material, por lo tanto, hay una confrontación entre un mundo concebido como una máquina mecánica y otro mundo considerado como un reflejo de las del espíritu.

¿Y qué más? Pues que hay que ser valiente muchas veces para escribir cosas que podríamos no escribir. Que muchas veces se necesita la fuerza (que llega a flaquear) para compartir algo que nos toca directamente en lo más profundo del alma, de nuestra conciencia, de nuestro dolor, alegría o simple sobriedad. Que la claridad para descifrar lo que la vida nos presenta puede desvanecerse y aún así la voluntad para continuar y comprenderlo nos atrae con una frágil luz. La poesía es crear, es desafíar con la imaginación la aparente continuidad mecánica de las cosas. Es renombrar, reunir y resucitar:

Idolatría

La vida mágica se vive entera
en la mano viril que gesticula
al evocar el seno o la cadera,
como la mano de la Trinidad
teológicamente se atribula
si el mundo parvo, que en tres dedos toma,
se le escapa cual un globo de goma.

Idolatremos todo padecer,
gozando en la mirífica mujer.

Idolatría
de la expansiva y rútila garganta,
esponjado liceo
en que una curva eterna se suplanta
y en que se instruye el ruiseñor de Alfeo.

Idolatría
de los dos pies lunares y solares
que lunáticos fingen el creciente
en la mezquita azul de los Omares,
y cuando van de oro son un baño
para la tierra, y son preclaramente
los dos solsticios de un único año.

Idolatría
de la grácil rodilla que soporta,
a través de los siglos de los siglos,
nuestra cabeza en la jornada corta.

Idolatría
de las arcas, que son y fueron
y serán horcas caudinas
bajo las cuales rinde el corazón
su diadema de idólatras espinas.

Idolatría
de los bustos eróticos y místicos
y los netos perfiles cabalísticos.

Idolatría
de la bizarra y música cintura,
guirnalda que en abril se transfigura,
que sirve de medida
a los más filarmónicos afanes,
y que asedian los raucos gavilanes
de nuestra juventud embravecida.

Idolatría
del peso femenino, cesta ufana
que levantamos entre los rosales
por encima de la primera cana,
en la columna de nuestros felices
brazos sacramentales.

Que siempre nuestra noche y nuestro día
clamen: ¡Idolatría! ¡Idolatría!

 

 

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