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5:07 p.m. - 2007-03-25 Algunas vidas se cuentan a s� mismas sus propios deseos. Es cosa rara porque el deseo, el anhelo por algo o alguien, es una cosa que germina por s� sola en apariencia. Pero la persona se dice, se narra a s� misma ese deseo, como para creerlo, como si al representarse en relato, tomara forma y sustancia aquella vaga emoci�n incorp�rea. Y ante cada impulso de las neuronas, la amabilidad del sue�o adoptara figuras por due�as. El siguiente paso es cont�rteselo a otra persona. Una vez que el deseo pastara la verde hierba de nuestra alma, algunos minutos sus d�as se convertir�an en abundantes horas que desean poseer voz. Aquella historia narrada una y otra vez en el interior, encuentra confidencia como los rayos penetran la tierra a trav�s del universo. Los viejos cuentos medievales sobre pr�ncipes transformados en horribles sapos o princesas encerradas en altas torres, favorecen la b�squeda de los humanos por seguir contando historias de amor. Por saber si tales cosas pueden ser ciertas. A�n si tales princesas o pr�ncipes no existiesen, la afrodisiaca curiosidad es firme cuando por lo menos una voz dispara flores de encanto, un silueta atrapa costados de cuerpos o un lago confunde parques de una charla que inunda pretextos de partida. Sinergia de esp�ritus. Si entonces los hombres mutaran en pr�ncipes azules, las princesas extirpar�an la contradicci�n. En una profesi�n real del amor irrefutable. El ritmo que marca la imaginaci�n en estos casos anuncia una verdad o una mentira, mas no se postra nunca ante la indefininci�n. Prefiere el blas�n de la textura. Sus ojos son azules como la espera que devuelve habitaciones; azules como la soga que pende sobre el agua. La soga que feliz sujeta el cuello de un viejo cuento.
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