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7:49 p.m. - 2013-08-16
Niños en la carretera
Franz Kafka

Muchas veces oía pasar los coches junto a la cerca del jardín, los veía a través de los intersticios apenas oscilantes del follaje. ¡Cómo crujía por el calor estival la madera de sus ruedas y varas! Del campo volvían los labradores, y se reían escandalosamente.

Estaba sentado en nuestro pequeño columpio, descansando entre los árboles del jardín de mis padres.

Al otro lado de la cerca el ruido no cesaba. Los pasos de niños correteando desaparecían en un instante; carros de cosechadores, con hombres y mujeres arriba y alrededor, oscurecían los canteros de flores; hacia el atardecer veía pasearse a un señor con un bastón, y a un par de muchachas que venían cogidas del brazo en dirección opuesta, y se hacían a un lado sobre el césped, saludándolo.

Luego los pájaros salpicaban el espacio con su vuelo; yo los seguía con los ojos, los veía subir de un solo impulso, hasta que ya no me parecía que subieran, sino que yo caía; debía sostenerme de las sogas, y comenzaba a balancearme un poco, de debilidad; pronto me columpiaba con más fuerza, el aire refrescaba y en vez de pájaros en vuelo parecían temblorosas estrellas.

Cenaba a la luz de una bujía. A menudo apoyaba los brazos en la madera, y ya cansado, comía mi pan con manteca. Las agujereadas cortinas se hinchaban bajo el viento caliente, y muchas veces alguien que pasaba por afuera las sujetaba con la mano, como si quisiera verme mejor y hablar conmigo. Generalmente la bujía se apagaba de golpe y seguían girando los insectos un rato en el humo oscuro de la vela. Si alguien me interrogaba desde la ventana, lo miraba como se mira una montaña o al vacío, y tampoco a él le importaba mucho que yo le respondiera.

Pero si alguien saltaba sobre el alféizar de la ventana, y me anunciaba que los demás estaban ya frente a la casa, me levantaba lanzando un suspiro.

–¿Y ahora por qué suspiras? ¿Qué ha ocurrido? ¿Alguna desgracia irremediable? ¿Nunca más podremos ser lo que éramos antes? Realmente, ¿está todo perdido?

Nada estaba perdido. Salíamos corriendo de la casa.

–Gracias a Dios, por fin has llegado.
–Siempre llegas tarde.
–¿Sólo yo llego tarde?
–Tú más que los otros; quédate en tu casa si no quieres venir con nosotros.
–¡Sin cuartel!
–¿Qué? ¿Sin cuartel? ¿Qué estás diciendo?

Nos zambullíamos de cabeza en el atardecer. No existían ni el día ni la noche. Tan pronto se entrechocaban como dientes los botones de nuestros chalecos como corríamos regularmente espaciados, con fuego en la boca, como animales tropicales. Saltando hacia los aires y pisando fuerte, como los coraceros de las guerras antiguas, nos empujábamos mutuamente a lo largo de la corta callejuela, y con ese impulso todavía en las piernas seguíamos un trecho por el camino principal. Algunos se metían en las alcantarillas, y apenas habían desaparecido frente al oscuro terraplén, cuando ya se les veía como forasteros en el sendero superior, desde donde nos gritaban.

–¡Bajad!
–¡Primero subid vosotros!
–Para que nos tiréis abajo; no, gracias, no somos tan tontos.
–Tan cobardes, querréis decir. Venid en seguida, venid.
–¿De veras? ¿Vosotros? ¿Nada menos que vosotros queréis tirarnos abajo? Me gustaría verlo.

Hacíamos la prueba, nos daban un empujón en el pecho y caíamos sobre la hierba de la alcantarilla, encantados. Todo nos parecía uniformemente cálido, en la hierba no sentíamos ni calor ni frío, solamente cansancio.

Cuando uno se volvía sobre el costado derecho, con la mano debajo de la cabeza, sentía deseos de dormir. Pero uno quería volver a levantarse, con la barbilla erguida, sólo para volver a caer en una zanja más profunda. Con el brazo extendido y las piernas abiertas, uno quería lanzarse al aire, y caer sin duda en una zanja aún más honda. Y nos hubiera gustado seguir indefinidamente con este juego.

Cuando llegábamos a las últimas alcantarillas no nos preocupaba la mejor manera de echarnos para dormir, especialmente si estábamos de rodillas y permanecíamos de espaldas, como enfermos con ganas de llorar.

Parpadeábamos a veces, cuando algún niño con las manos en la cintura saltaba con sus oscuras suelas del talud al camino, por encima de nosotros.

La luna había alcanzado ya una cierta altura y alumbraba el paso del coche correo. Una suave brisa comenzaba a soplar en todas partes, también se la sentía en el fondo de las zanjas; en las cercanías, el bosque empezaba a susurrar. Entonces uno no sentía tantos deseos de estar solo.

–¿Dónde estáis?
–¡Venid aquí!
–¡Todos juntos!
–¿Por qué te escondes? Déjate de tonterías.
–¿No has visto que ya pasó el correo?
–¡No! ¿Ya pasó?
–¡Naturalmente! Pasó por el camino mientras dormías.
–¿Yo dormía? No puede ser.
–Cállate, si se te ve en la cara.
–Pues te digo que no.
–Ven.

Corríamos más apretados, algunos se daban la mano, llevábamos la cabeza lo más erguida que podíamos, porque el camino bajaba. Alguien lanzaba el grito de guerra de las pieles rojas, nuestras piernas se lanzaban a galopar como nunca; al saltar, el viento nos cogía por la cintura. Nada hubiera podido detenernos; corríamos con tal ímpetu que aún cuando alcanzábamos a alguno podíamos cruzar los brazos y mirar tranquilamente en derredor.

Nos deteníamos junto al puente del arroyo; los que habían seguido corriendo, volvían. Debajo, el agua golpeaba contra las piedras y las raíces como si no hubiera anochecido aún. No había ningún motivo para que alguno de nosotros no saltara sobre el parapeto del puente.

Detrás del follaje distante pasaba un tren, los vagones estaban iluminados, las ventanillas herméticamente cerradas.

Uno de nosotros comenzaba a entonar una canción callejera; pero todos queríamos cantar. Cantábamos mucho más rápido que el tren, nos cogíamos del brazo, porque las voces no bastaban; nuestros cantos se unían en un estrépito que nos hacía bien. Cuando uno mezcla su voz con la de los demás, es como si se lo llevaran con un anzuelo.

Así cantábamos, de espaldas al bosque, para los oídos de los viajeros lejanos. En el pueblo, los mayores estaban despiertos todavía, las madres preparaban las camas para la noche.

Ya era hora. Besaba al que estaba a mi lado, daba la mano a los tres que estaban más cerca, y echaba a correr por el camino; nadie me llamaba. En el primer cruce, donde ya no podían verme, me volvía y retornaba corriendo al bosque, iba hacia la ciudad, que quedaba hacia el sur del bosque; de ella decían en nuestro pueblo:

–Allí sí hay gente extraña. Imagínense que no duermen.
–¿Y por qué no duermen?
–Porque no están nunca cansados.
–¿Y por qué no?
–Porque son tontos.
–¿Y los tontos no se cansan?
–¿Cómo van a cansarse los tontos?

De Cotemplación, 1913.

 

 

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