Estoy leyendo El testigo una novela del mexicano Juan Villoro. Ahora estoy exactamente a la mitad del libro y me causa un grato pero extraño placer leer esta historia. Se pensaría que es una novela histórica sino fuera por la inmesa catidad de ironía que gotea en cada capítulo. Aquí un poco más de Villoro:
Un testigo es alguien o algo que contempla un acontecimiento. Bajo esta premisa, Villoro merodea por la historia reciente en México, desde el principio del siglo XX hasta el movimiento zapatista en Chiapas. Además, la figura del poeta Ramón López Velarde posee una función muy importante en la obra. Es el agente por el cuál muchas pericipecias ocurren en la novela.
Aparte de los trillados poemas que aprendemos en la primera de López Velarde y el hecho de ser considerado el poeta nacional, mi interés por este poeta nunca había sido serio. Ahora descubro que Velarde leía a Lugones, a Tablada, a Baudelaire, entre otros. Creo que iniciaré una temporada de lectura velardiana más allá de la Suave Patria.
Y ahora la parte filosófica del post. La teleología es el término que utilizaban los filósofos para determinar la finalidad o propósito de algo, el fin de una cosa. Después de Darwin, este concepto fue criticado, ya que los algunos científicos argumentaron que la única forma de causalidad es la influencia física entre las cosas que forman parte del mundo material, por lo tanto, hay una confrontación entre un mundo concebido como una máquina mecánica y otro mundo considerado como un reflejo de las del espíritu.
¿Y qué más? Pues que hay que ser valiente muchas veces para escribir cosas que podríamos no escribir. Que muchas veces se necesita la fuerza (que llega a flaquear) para compartir algo que nos toca directamente en lo más profundo del alma, de nuestra conciencia, de nuestro dolor, alegría o simple sobriedad. Que la claridad para descifrar lo que la vida nos presenta puede desvanecerse y aún así la voluntad para continuar y comprenderlo nos atrae con una frágil luz. La poesía es crear, es desafíar con la imaginación la aparente continuidad mecánica de las cosas. Es renombrar, reunir y resucitar:
Idolatría
La vida mágica se vive entera en la mano viril que gesticula al evocar el seno o la cadera, como la mano de la Trinidad teológicamente se atribula si el mundo parvo, que en tres dedos toma, se le escapa cual un globo de goma.
Idolatremos todo padecer, gozando en la mirífica mujer.
Idolatría de la expansiva y rútila garganta, esponjado liceo en que una curva eterna se suplanta y en que se instruye el ruiseñor de Alfeo.
Idolatría de los dos pies lunares y solares que lunáticos fingen el creciente en la mezquita azul de los Omares, y cuando van de oro son un baño para la tierra, y son preclaramente los dos solsticios de un único año.
Idolatría de la grácil rodilla que soporta, a través de los siglos de los siglos, nuestra cabeza en la jornada corta.
Idolatría de las arcas, que son y fueron y serán horcas caudinas bajo las cuales rinde el corazón su diadema de idólatras espinas.
Idolatría de los bustos eróticos y místicos y los netos perfiles cabalísticos.
Idolatría de la bizarra y música cintura, guirnalda que en abril se transfigura, que sirve de medida a los más filarmónicos afanes, y que asedian los raucos gavilanes de nuestra juventud embravecida.
Idolatría del peso femenino, cesta ufana que levantamos entre los rosales por encima de la primera cana, en la columna de nuestros felices brazos sacramentales.
Que siempre nuestra noche y nuestro día clamen: ¡Idolatría! ¡Idolatría!