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El hombre se complace en enumerar sus pesares, pero no enumera sus alegrías. Fiodor Dostoievski ¿Para qué ponerse la cobarta, si el que atiende a los clientes es el mismo burdo y juguetón que olvidó cómo amarrar sus zapatos? ¿Para que venir y proclamar unidades de persona, si en el camino ya te pones los audífonos fragmenta mundos? ¿Para qué el esfuerzo si ya te sabes sal? ¿Entonces para qué sales a la calle, miras las palomas y haces reír a los niños? ¿Para qué te enamoras en instantes que duran boletos de autobús? ¿Para qué abrir la ventana cuando hace calor o cerrarla cuando se inundan las calles? ¿Entonces para qué pides alegría, si te empeñas tanto en alimentarla con melancolía? ¿Para qué? 
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