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Casi en la totalidad de las charlas o presentaciones orales, queda algo por decir. Y si somos quisquillozos eso que quedo por decir puede atormentarnos por un largo periodo, días, semanas. Se supone que mientras crecemos desarrollamos nuestras habilidades lingüísticas y mejoramos la comunicación personal o colectiva. Todo para que al final, cuando seamos viejos, todo lo que teníamos por decir y aprender fuera dicho y aprendido, en la realidad o en la ficción. Qué importa, el pensamiento de la réplica existió, en el mejor de los casos, y eso hace en nosotros. Lo que resta por decir puede ser dicho en su debido tiempo, con derecho de nueva réplica y demás convenciones. Pero otras veces, lo que resta por decir, se guarda, se queda, se gesta en nosotros por tiempo indefinido y brota a la realidad un día más que menos esperado. Porque nosotros esperábamos ese día, ¿no? Tal vez las personas y situaciones implicadas en la primera instancia ya no sean las mismas, pero las palabras siguen haciendo en nosotros y las nuevas instancias. Lo que resta por decir puede ser mortificante, desesperado, inquietante, deslumbrante, vago, nimio. El silencio germinará ya sean nuestras lúgubres o alegres ideas. Pero muchas otras veces, el vértigo casi imperceptible, nos obligará a procrear palabras a medias. Los artistas piensan según las palabras y, los filósofos, según las ideas. Albert Camus
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