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Madurez de la sed voluntariamente aceptada, encontrada en el vacío de su acuoso reflejo de su adoración intacta, ondulante reposa como la cáscara del silencio, seduce al agua -la sed- irradia un porvenir de infancia, inmola la gracia que por su afecto vaga, deambula por la boca atosigada por las ruinas de tentaciones melosas, aquellas que antes vinieron a pedir el trago que aturde la ascensión -la cumbre- para caer a la flor del tacto terrenal sin aroma ni grieta donde se asome una vista, y así deambulan la paciencia la examinan y reducen a respuesta sin pregunta a un impulso estrepitoso vulnerable antes unas gotas, sólo unas cuantas -no más- ¡qué risueñas van aquellas! despreocupadas, miserables ofrecen la copa, el vaso, testigos irónicos de la potestad del pozo.
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