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El cangrejo vive a ras de la arena. Tiene el mejor ángulo de vista y también él más humilde. Hay cangrejos que suben a las palmeras y erróneamente se les llama cocoteros, es que lo que realmente hacen es alcanzar y ser un poquito como sus vecinas, las gaviotas. El cangrejo a la vez tiene condiciones que le permiten regenerarse ante cada batalla, ya que este animalito de aspecto extrafalario, pésimo nadador y de frágil textura sin caparazón que lo proteja, torna con o sin tenazas contra la inmortalidad errante (y esto es lo que más me llama la atención de este pequeño crustáceo); así perdió ante Heracles, el cangrejo de los primeros tiempos por combatir junto a la Hidra. Y es que el cangrejo tiene en alto el valor de sus amigos, aún cuando exista aquella especie llamada ermitaña, que de cualquier manera se define así misma a partir del otro, del que el mismo cangrejo decidió dejar. El cangrejo es animal fabuloso y fabulable. Busca la concha abandonada exacta, atinadamente vacía. Le servirá para renombrar lacónicamente la vida o la muerte con que está dispuesto a enfrentar el talón que por la perpetuidad lo seguirá. Y al redoble de los dentados peces, el cangrejo que trae una corona. José Lezama Lima (poema Minerva define al mar)
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