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Por María Baranda La distancia entre la luz y el hormiguero era solo parte de un suceso cotidiano, de un paso tras otro en que volvíamos de esa realidad de tierra y hojas húmedas, ramas secas y lodo puestos para seguir la encarnación de los deseos mientras el mar y su memoria repetida nos dejaban a la orilla en lo que importa y vuelve siempre a aparecer año con año tan persistentemente aferrados los recuerdos del agua y de la arena en nuestros pies disímbolos apeñuscados por una paz mayor de lo que se ama y aún se pierde en la vejez. Nadie logra ver el interior del hormiguero. Solo la luz y la distancia cotidianas hacen su realidad tan aparente.
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