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Lo que queda es tu olor en mi almohada como tatuaje temporal de mis sueños Lo que queda es tu rostro como huella asaltada por mis manos, recorrido suave en el jardín de la noche Lo que queda es tu retrato sobre una vela infame, finita, raída por su consumación de vanguardia Lo que quedan son tus cicatrices que beso en cascadas, a tientas de ceguera y gruta Lo que doy es un amparo al taller de tus tristezas a las ramas que anclan al cielo su saliva y llora la savia declarada en los Derechos Humanos como una exquisita belleza para los inculpados sin culpa Lo que queda siempre es la libertad para hacer las cosas o no Para deshacerlas Para mantenerlas Para tomarlas de la mano Para admitirlas imperfectas Entonces, las cosas, se arrastran por las nubes de nuestro cuerpo inmóvil que espera, que late, que late, que espera no quemarse en el sol cada vez que lo toca -¡cómo quema!- ¿Qué queda en las manos? La turbia razón humana, tan podrida que reverdece Lo que queda es entonación de la digestión de las olas que rompen en la cama Somos los niños que rezan su oración nocturna, su esperanza callejera, somos los niños que quedan abriendo los cajones de la desproporción entre la salvación por beso o la destrucción por vacío total Por eso amo lo que queda, lo que aún no para, seguir amando o seguir persiguiendo en una inobjetable embriaguez de lo mínimo De lo esencial.
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