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por Carlo María Martini La fascinación por las circunstancias del nacimiento de Jesús de Nazaret, se encuentra ya en los textos más antiguos, desde el siglo primero. Lo que nos dicen los textos originales es que sucedió en los alrededores de Belén y que pusieron al niño en un pesebre donde comían los animales. Este detalle lo repite por tres veces el evangelio de Lucas, y quizás sea una discreta, pero significativa clave de lectura de todo el episodio. Ese niño que ha nacido es, en cierto modo, un niño como tantos otros. Se perdería el tiempo si se tratara de encontrar en él algún signo de origen divino. Pero la extraordinaria precariedad de su primer acomodo sorprende a quien casualmente pasa por allí o a quien oye una voz de lo alto que le llama a acercarse a ese lugar. Hay tantos –mejor, somos tantos– que dicen que creen en Cristo, que proclaman que ese niño del pesebre es el Maestro y el Señor, pero que a la hora de decantarse por los valores prefieren, con mucho, tener a ser. Tener no es ningún pecado. Pero sí lo es anteponer el tener a los valores más importantes de la vida. No hay una sola realidad ni personal, ni social, ni política, ni eclesiástica que no tenga que someterse a este principio. He aquí la "cuestión moral" más honda, que es la fuente de tantos males del mundo actual. La fascinación de Navidad, más fuerte que todas las luces multicolores del consumismo, es ésta: un sentido de la vida, del hombre, de las cosas sencillas, que todo el mundo querría tener, porque es verdadero, porque es auténtico. Quien sabe mirar con los ojos del corazón y con la inteligencia de la fe, descubre ahí el germen de la presencia que empuja al hombre a encontrar la verdad de su ser. Publicado en el periódico Corriere della sera, en septiembre de 1982. Tomado de: Contenido Magis #320 Noviembre-Diciembre, 1998 .- Año XXX
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